sábado, 13 de agosto de 2011

Conozcamos nuestro pasado


EL MAL DE OJOS

Angustiados los padres cifraban sus esperanzas en la medicina tradicional. Ya llevaban un mes de tratamiento pediátrico con los oficiales de la ciencia y el niño no recobraba la salud, al contrario iba empeorando.
En un principio sólo se le calentaban las palmas de las manos y las plantas de los pies, luego la calentura se apropió de todo el cuerpo, convirtiendo al infante en un flácido cuerpo, inerte. El tiempo no daba para más, y los padres optaron por recurrir a una última esperanza: la sabiduría, si es que la tiene, la de un  charlatán empírico en quien mucha gente no cree. Un hierbatero de aquéllos que curan con la  savia de las plantas y los conjuros en mensajes indescifrables. Los padres del niño acuciados por la situación  grávida del pequeño decidieron incursionar en el misterioso mundo de los prodigios.
Por eso bajaron de Campeche, en busca de la más ameritada yerbatera del Camino Real: doña Ofelia, originaria de la villa de Bécal.
Su prestigio había trascendido los  confines regionales debido a sus certeras predicciones y la cura infalible de sus pacientes poniendo  en práctica la eficacia de sus ensalmos.
La yerbatera destapó el cuerpecito del  enfermo y predijo:
─ Es un mal de ojos, estoy segura, pero no se preocupen yo me encargo de curarlo.
Doña Ofelia  poseía, según los experimentados en esa creencia, las cualidades únicas de un curandero de niños: un lunar coqueto en el rincón del  ojo izquierdo, atributo indispensable en la pediatra tradicional, aunque algunas refutan que no hace falta esa mancha, basta con que se tenga ese don de curar.
La ruda y la albahaca, entraron en acción. Mezclados en una jícara con una porción de alcohol se procedió a la curación. La médica asperjó el cuerpo esmirriado del menor: por la frente, el rostro, la nuca, el torso y dorso, manos y pies, y por toda la geografía corporal; acompañada de soplidos maternales en cada fracción donde le llegó la hisopeada y una serie de arrumacos manuales y de palabras amorosas las cuales transportaron al paciente en el mudo de los ensueños.
Terminó el ritual y se llevaron al niño.
El tratamiento fue  eficaz. El infante recuperó de nuevo la salud y los padres, encantados, se desvivieron por recompensar de mil amores a la curandera.
Esa fue una de tantas muestras irrefutables de los beneficios de esa práctica, por eso la gente de pueblo reconoce que existen algunas enfermedades que no tienen solución  en el terreno de la medicina científica, sino únicamente se resuelven con el rústico desparpajo de los hierbateros a través del tacto, la saliva, hierbas y brebajes acompañados de expresiones orales indescifrables (conjuros), pero nacidas  de un  empirismo basada en el sortilegio.
La gente creyente en estos desvaríos, asegura que existe una receta  especial para prevenir el mal de ojos.
Antes de salir de paseo se les debe poner a los niños los calcetines al revés o en caso contrario, se le frota  nueve veces (número cabalístico)  el rostro con la ropa interior del padre, si es niña; y si es niño con la  de la madre.
Ya en la calle ya no correrá peligro de que el niño contraiga el mal, pues ya se le habrá vacunado en contra de él.  Se asegura que  el  borracho  es el provocador general de esa enfermedad, porque cuando ve a un niño que le simpatiza no se atreve  a darle un beso, que es la medicina para contrarrestarla. Pero si los niños, por descuido de la mamá,  no van protegidos y se da cuenta de la cercanía de algún alegre fulano, como medida preventiva se lo ofrece para evitar un  daño posterior. Aunque a veces los causantes no son solamente los beodos, sino que puede ser una persona sana, basta con que  le gusten los niños y no se le acerque a regalarle un beso, enferman.  Pero cuando esa persona conoce  los percances del mal de ojos se adelanta a la mamá y le pide autorización para la caricia y evitar remordimientos de conciencia.
El mal de ojos  es una creencia muy fortalecida en esta tierra y ya forma parte de la cultura nuestra. Es un  agregado más para nuestra alforja provinciana.
Cómo negarle un beso a un niño si es el dulce más sabroso  que  ha inventado la naturaleza para todos. Negárselo es una infamia que no tiene justificación alguna.















CIERTAMENTE, VINIMOS DEL PETÉN  ITZÁ…

“Y no dejó de llover y las aguas tempestuosas subían de nivel y arrasaban todo lo que encontraban a su paso.  Pero lo más increíble del evento fue que los animales y las cosas les saltaban las palabras, reclamándoles así a los primeros hombres de palo:
─ Nos apaleaban cuando sólo les pedíamos, con la mirada, un pedazo de pan, pero ni siquiera recibimos  un desabrido  hueso para lamer; nunca  se compadecieron de nuestras urgentes necesidades para subsistir.  Ahora les mataremos a mordiscos ─ amenazaron  los perros  ─ aventándose sobre ellos. ─ ¡Cierto!─ aseguraron los comales ─ A nosotros nos quemaron las espaldas día y noche sin compasión y llagados los tenemos siempre. Y se les fueron encima a comalazos.
─ Y a nosotras ─ clamaron las piedras del hogar (aquellas  tres piedras que sostienen el trasto de comida a la hora de cocinar) ─ a fuerza de tanta lumbre nos cocieron y tiznaron nuestro lomo. Ahora cobraremos venganza. Después de la palabra, los hechos y  como pelotas de béisbol acertaron en los cuerpos  de los seres deshumanizados, quebrándoles todos los huesos.
El aguacero continuaba y los animales y las cosas seguían atacando. Entonces los hombres, asustados, se subían a los árboles, pero eran aventados al suelo; buscaron la protección de las montañas y éstas se derrumbaban; todo resguardo les fue negado a los hombres de madera,  creados por los dioses mayas, cuya única culpa fue no haberlos ensalzado, reconociéndolos como sus creadores, ¿pero qué culpa tenían estos palurdos si los dioses no les dieron entendimiento?
Los sobrevivientes, fueron los monos, ascendientes  de los hombres actuales.
Mi madre terminó la plática mientras recogía el huano que utilizaba en sus tejidos,  utilizados en la fábrica artesanal de sombreros.
Quedé abobado ante aquella cautivante historia.
─ ¿Y de verdad sucedió, mamá?
─ Sí, hijo, así me lo contaron los abuelos.
─ ¿Y cuándo fue eso?
─ No lo sé, pero me imagino que aconteció hace bastantes katunes (cuenta del tiempo, usado por los mayas  en cantidades  de veinte en veinte).
Al paso de los años advertí que aquel fragmento histórico, contado por mi madre, se encontraba impreso en el libro sagrado de los mayas quichés que hablaba sobre el origen del hombre: El Povol Vuh  de Guatemala.
Y cuando leí en el Códice de Calkiní  quedé aún más pasmado:
“Sufrimos fatiga nosotros descendientes de los Canules, cuando caminamos por caminos cerrados del Peten Itzá, de donde vinieron los de nombre Canul”, quedé doblemente extasiado. “Guatemala, Chiapas, Tabasco, Campeche,  Mayapán, Calkiní”
En un principio había creído que “Madús” me estaba hablando del diluvio universal narrado el Génesis de la Biblia cristiana puesto  que ella era una fanática  religiosa y no perdía ocasión alguna para encandilarme con sus creencias,  las cuales aún no traspasan la coraza de mis resistentes   convicciones amparadas por el raciocinio de la ciencia.
 Mi madre no sabía escribir de corrido ni siquiera era afecta a  la lectura, si acaso se distraía en el opio adormecedor de los merolicos de iglesias o  de los  textos religiosos los cuales recitaba mejor  que una grabadora. Ella fue de por vida una rezadora de oficio.

Más tarde comprendí, cosa inusual entre la gente grande de hoy, que ella sí practicaba  inconscientemente el ritual de la tradición oral de los abuelos. Esa memoria histórica prodigiosa que natura le dio, le permitía recordar los sucesos de  muchas generaciones atrás, no accesible para otros viejos de su misma generación.  Le comenté a una de mis hijas aquel episodio imborrable de mi niñez y me contestó que a ella  también la habían asustado con ese cuento.
La hermana república de Guatemala, ya tenía su historia cuando llegaron los castellanos, pero no escrita, sino oral. Sólo cuando los mayas aprendieron el alfabeto latino, traído por los frailes franciscanos o dominicos, nació un intento por recuperar el bagaje cultural de sus antepasados, aunque mezcladas con las creencias cristianas occidentales,  pero no se recobró gran cosa, sino  sólo   aquellos fragmentos que  les permitió la fuerza de la memoria.
Los mayas sólo disponían de pictogramas poco adecuados para expresar el pensamiento abstracto, de donde surge, en consecuencia, una tradición oral. Fue una lástima que no hayan inventado la grandeza de otro alfabeto como el actual, de haber existido otra mejor historia se escribiría de los mayas, hasta conocer lo inédito  de su sabiduría de aquellos tiempos  pasados. Lo escrito en códices y libros  fueron  quemados en un” auto de fe” en Maní, Yucatán por el obispo inquisidor Fray Diego de Landa y para apaciguar sus remordimientos escribió aquel invaluable libro titulado: Relación de los cosas de Yucatán.
Lo que sí  nos quedan, aunque pocos,  como memoria son las estelas (de piedra caliza más largas que cortas) en donde  se representaban a sus dioses, presentación de ofrendas, a los gobernantes y a personas de baja condición social en el papel de víctimas, pero de narraciones nada de nada. Verba volant, scripta manent.
En 1528 después de la conquista de México,  el rey español Carlos V aquél que dijo: “que en  sus dominios nunca se pone el sol”, encargó al obispo franciscano Fray Juan de Zumárraga recabar  información   sobre las creencias, ceremonias, rituales, tradiciones de los aztecas con el propósito de rescatar la memoria histórica de un pueblo que le dio batalla. Se recurrió a los más ancianos y los frailes escribas e intérpretes se encargaron de transcribir para la posteridad  el tesoro inédito de aquel pueblo. Tal vez por ello se cuente con más literatura que la de los mayas.
Mi madre, desde Calkiní,  dio una muestra de una portentosa retentiva, auque sólo fue un retazo de historia, la  cual le agradezco,  porque si  hubiera sido  completa me habría muerto de miedo desde aquellos días en que me obsequió  el tesoro de la literatura de los tatatarabuelos nuestros.
Ciertamente, procedimos del Petén Itzá… del pueblo de Cakchiquel. De Guatemala, tierra de Miguel Ángel Asturias, tierra de mis antepasados que fundaron el cacicazgo Ah Canul en Calkiní.
¡Oh qué tiempos aquellos, claro,  mientras no habían llegado los castellanos!




LOS DZULES EN CALKINI


“No existe una versión única del pasado. Cada persona, cada pueblo ve el ayer con distintos ojos y desde una diferente perspectiva”.

La angustia  mantiene en tensión al pueblo Ah canul. Sabe la causa de su desasosiego provocado por  aquellos hombres llamados dzules venidos de allende el mar y que cuentan que son hijos del sol  y espera en suspenso el desenlace. Pero también le mata la curiosidad por conocer a los extranjeros que se dice  que son barbudos  y de piel blanca como el resplandor de la luna recién enjuagado después de una llovizna y que vienen montados en animales desconocidos tan grandes como algunos venados, causando  el estupor  y miedo  entre los pueblos.
Los mayas por naturaleza  eran lampiños, y ante la presencia de hombres barbados, cuando  los vieron bajar de sus barcos, en Cabo Catoche no se quedaron con las ganas  de juguetear con  sus dedos morenos   la fronda de sus vellos  negros y rubicundos.
Las madres mayas tenían la costumbre, hasta hoy en algunas familias, de  untarles en la cara y cuerpos a  los niños recién nacidos una tela entibiada en carbón para evitar, según ellas, el crecimiento de pelambre.
 A los Ah canul se les había requerido  por Francisco de Montejo, el Adelantado para afianzar  las alianzas políticas y reforzar las relaciones humanas entre los pueblos, mas no cumplieron.  Este llamado no sólo fue para Calkiní sino para una amplia comarca bajo el dominio español.
 El título de adelantado se les otorgaba, durante la conquista, a muchos capitanes para emprender expediciones en nombre del rey. A Montejo, por decreto del 8 de diciembre de 1526,  se le concedió el título hereditario de Adelantado.
Ese  requerimiento (texto creado para la conquista  por Juan López de Palacios Rubios) era un documento exhortativo de procedimiento  legalista que debía leerse a los Indígenas en tres momentos   para aceptar a las buenas el predominio español, en caso contrario,  las armas se encargaban de persuadirlos.  Consistían en tres apartados:
1.           La donación que  Alejandro VI, papa de ese  entonces,  hiciera de las tierras de América entre los españoles  y portugueses.
2.           De que los nativos tuvieran  el compromiso de reconocer a un Dios único.
3.           Y  la obligación de aceptar como soberano  al mayor rey del mundo, el de Castilla y León.
Este documento, para ser comprendido,  era necesario traducirlo  lo mejor que se podía en el idioma indígena, pero fue en balde, pues era un texto incomprensible para  el entendimiento de los indígenas. La lectura era nada más una formalidad.
Ante esta medida irreconciliable, la historia registra las reflexiones de dos caciques del pueblo cenú en Colombia,  quienes respondieron: “¿Por qué habríamos de abandonar a nuestros dioses, recibidos de nuestros padres,  que nos otorgan muy  buenas cosechas? En cuanto a ese gran sacerdote del que hablan, debiera de haber estado borracho ya que se puso a repartir lo ajeno”.
En 1531, llegó Montejo a Champotón, por segunda vez,  para instalar  un asentamiento militar y coordinar con mayor eficacia la obediencia de los pueblos mayas. Más  tarde se decidió, por conveniencia estratégica,  trasladarlo al cacicazgo Ah Kin Pech.
Pues bien, en esa reunión le correspondió  al representante de Calkiní,  Ix Co Pacab Canul, designado a través de un Consejo, asistir  a ese llamado. Pero se dio cuenta, como  otros batabes, que los teules se habían debilitado por la pérdida de algunos pueblos bajo su poder debido a su mando despótico y cruel, por eso  se negaron a asistir. Aprovechando esta situación,  los diferentes cacicazgos, dirigidos por  Nachi Cocom, se animaron a  combatirlos. Sin embargo, a pesar de haber demostrado que poseían  un carácter fuerte y atrevido en la guerra de Mayapán (ich pak como le llamaban los mayas) en defensa de sus intereses,  esta vez no pudieron competir y fueron  derrotados por la superioridad de las armas europeas y del apoyo de sus aliados indígenas culhuas traídos de México.
Los nahuas nombraban con la palabra teotl a sus dioses (ídolos) como a sus muertos. Debido a esto los peninsulares fueron llamados teules porque se presentaron como hijo de Dios y enviados  por el más grande señor del mundo. En su libro “Historia de la Conquista de la Nueva España” de Bernal Díaz del Castillo se cuidaba de no acentuar directamente esa idea por miedo a que La Santa Inquisición lo interpretara a su modo y  terminaran  en una probadita de   alguno de sus inventos más ingeniosos para causar dolor.
La tranquilidad no duró. En 1541, Montejo le cedió  el poder a su hijo del mismo nombre, y regresó por segunda vez a México con el  deseo de enriquecerse, apoyando a Hernán Cortés en la conquista de México.
De nueva cuenta, los Ah Canul fueron requeridos por el reciente jefe militar, Francisco de Montejo el Mozo. Ahora el embajador, designado en el Consejo Canul, fue Na chán Canul quien  optó como el anterior  a no acudir.
Esta desobediencia,  obligó a Montejo  a mandar a su primo del mismo nombre, por carecer de tiempo, para  imponer orden en sus dominios. A pesar de la heroica resistencia, los Canules fueron derrotados.
El 3 de enero de 1541, Francisco de Montejo y León (el hijo) toma formalmente posesión del cacicazgo Ah Canul. Fijémonos como lo describe “El códice de Calkiní”:
 Cuando llegaron los españoles se henchía el sol en el horizonte, amanecía en el oriente cuando llegaron. Cuando vinieron a llegar al cabo de este pueblo de Calkiní, dispararon la primera vez. Cuando llegaron a las puertas de la sabana dispararon también una vez y cuando llegaron a sus casas dispararon la tercera vez”
“Llegaron primero sus cerdos (originarios de China) y sus culhuas. Gonzalo(indígena con nombre españolizado) era su capitán”
La dirección  que trajeron para alcanzar  estas tierras, en una primera parada, fue por vía marítima, quizá fue Sisal.  “Estaban en el pozo de sacnicté, en aquellos mares de los Canules cuando tuvieron, casualmente,  el primer encuentro.”. En esos mares  pescaban los esclavos de  Ah Kin Canul, propietario de cuatro barcos. Se saludaron y se adentraron en las espesuras de aquellos rumbos, construyendo a golpe de espada veredas o tal vez tuvieron la suerte de hallar caminos  que los guiaran hasta tierras  calkinienses.
Me imagino que entraron  por la  ruta del oriente de Calkiní o quizá por otro lado, aunque no es trascendental  precisar el rumbo, lo importante son los hechos.  Pero si hubiera sido por el este,  habrían  atravesado los pueblos desperdigados, algunos, en las orillas de aguadas existentes en otros tiempos: Halal, Tzemez Akal, Tahpuc, Matú,  Cixinchah, cercanos a Uxmal. Estos pueblos fueron obligados a asentarse en la cabecera para el mejor control político del gobierno y para tenerlos a mano para la evangelización.
Prosigue la marcha. Van pasando Pacanté (se encuentra al oriente a  un Km. de la carretera internacional, convertido prematuramente  en ruinas con ayuda de los bárbaros descendientes que no aprecian el valor de la historia)  y ya aparece  la capital del cacicazgo Ah Canul.
Como era la costumbre, una turba de mexicanos, llámense huehotzincas, tlaxcaltecas, totonacas, aztecas (nombrados culhuas por los mayas)    precede la peregrinación al mando de Gonzalo su capitán. La conquista española de México no hubiera sido posible sin el apoyo de estos guerreros. Gracias a ellos, aprovechando las dificultades que tenían con sus vecinos  los aztecas,  los hijos de Cid Campeador (combatió a los moros y fue símbolo del valor español)   lograron  conquistar  a la gran Tenochtitlán.
Vienen con el pecho inflado como pavos los tupiles, tapadas sus vergüenzas con bragas,    la cabeza adornada con vistosos penachos, lanzas con puntas de pedernal o hueso, hondas (yuntunes), espadas de doble filo de material volcánico, garrotes,  conforman sus armas; y las rodelas y las corazas enfundadas en el cuerpo, son sus defensas.
Pintarrajeados todos, de negro, rojo y blanco, brotan de sus gargantas gritos aterrorizantes en un concierto de tonos destemplados;  una estrategia bélica, una costumbre usada para atemorizar a sus enemigos;  se detienen por momentos en el arreo de  una pequeña manada   de cerdos que vienen hozando   el  suelo   en busca de humedad en donde no la hay.  
Estos puercos son de origen español y se  criaban  como medio de prevención si les faltase  el alimento   en sus expediciones.
Unos enormes lebreles irlandeses, con las orejas en movimiento, la lengua para afuera,   husmean  todos los olores  que les son desconocidos. Antecede la comitiva, el capitán Gonzalo.

Los lebreles son  enormes perros atigrados en el color, que fueron domesticados  por los españoles para usarlos en la conquista   o  para perseguir a los  que huían de la esclavitud.  A diferencia de los perros (xoloizcuintlis o tlalchichi) aztecas que eran chicos y no ladraban sólo aullaban. Pacheco,  el primer encomendero de Calkiní,  traído de Oaxaca por Francisco de Montejo, fue un experto en el manejo de estos sanguinarios animales de guerra, así como él.
En la retaguardia se asoma la  flor innata de la milicia. Son los conquistadores celtíberos  al mando de Francisco de Montejo el Mozo; refrescan sus pulmones con el aire tempranero y nuevo de   tierra calkiniense.
Es  la nieve andante deshaciéndose en convulsiones salitrosos en tierra tropical  de abundante  miel más dulce que la caña traída de España, fabricada por pequeñas abejas de oro (uts kaab o x nuuk) de inofensivos aguijones, recogida en panales afianzadas dentro de troncos a ahuecados a propósito, y de nance y zaramullos y del trigo de Indias (el maíz o teocinte).  Exhiben con altanería sus armamentos militares: sus resplandecientes armaduras y yelmos metálicos con la visera abierta y los  cuerpos acorazados y piernas protegidas con mallas  resistentes; refulge de igual forma el acero en los costados;  ondea altiva  un estandarte en manos del alférez (abanderado): son empresarios y aventureros de la ralea más baja disfrazados   que desfilan en una enramada de taconeo rítmico; y una caballería que presume  la habilidad de sus jinetes que salen en tropel, encimados en briosos corceles de guerra, (como centauros bicéfalos)  a ejecutar una serie de suertes militares de lanzas, rodelas y espadas, unos expertos jinetes que galopan con gracia en robustos caballos de lomo y patas cortas en sillas moriscas. Corren y se detienen repetidamente, haciendo piafar a sus animales y los pretales (correas que rodean el pecho de las cabalgaduras) de cascabeles  tintinean el ambiente bélico ocasionando más miedo a los indígenas. Era costumbre de los españoles el uso de estos adornos acústicos y me viene a la memoria esa tradición histórica en una canción antigua de Los churumbeles de España que dice: “Siete cascabeles lleva mi caballo por la carretera”. Fue en Centla, Tab.,  en donde se puso a  prueba por primera vez, en un combate contra los mayas, la eficacia de estos animales. El motivo del pleito, es haberle negado maíz a las huestes españolas  que se morían de hambre.
 La artillería aparece atrás, los tamemes o porteadores indígenas y negros africanos vienen arrastrando las armas bélicas y cargando todo lo necesario para un acto como aquel
. Montejo sólo necesitó 380 hombres y 157 caballos para someter a los mayas de la península ¿Cuántos habrán llegado a Calkiní  en este cortejo?
Montejo el Mozo, con el rostro grave, sabe  a que va, y se  lamenta que esa empresa no le haya redituado   ganancias en oro.
Los popolocas en su riesgosa aventura por toda América, los impulsaba la  avaricia por el metal precioso y al no encontrarlo en algunos lugares, como era el caso de la península, inventaron, como en otros lugares,  la humillante encomienda que no consistía más que en la explotación del hombre por el mismo hombre: la detestable esclavitud.
Una conquista, que la justificaban así: “se guerrea para  evitar la práctica odiosa de los sacrificios humanos y quitarles su maldita creencia politeísta   a  fuera de  sangre y fuego, lo  espiritual  se los daremos después”. Sin embargo, ¿los españoles no adoraban acaso a más dioses que los mayas?, si se hacen números no se acabarían nunca de contar,  sobretodo con el más grande  de ellos: el oro. Pero la verdad inocultable fue  una descarada  barbarie para acabar con la dignidad  de una  raza, desconocida hasta entonces,  que no sabía de ambiciones, mezquindades y atropellos como fue el arrebatamiento brutal de su libertad  a costa del maldito oro. Poderoso caballero…, oro, oro y más oro, y a donde iban extendían el sombrero para ver que caía. Los abuelos no acababan de entender el porqué del empeño enfermizo  de  los misioneros franciscanos en resaltar la gloria de la humildad y la fraternidad humana si sus propios hermanos de raza no cumplían con los mandamientos de la iglesia, al contrario los desobedecían un millón de veces al día. Muchos años después los mexicanos, habrían de cobrarse esos agravios en 1810 con el cura Hidalgo y en la guerra de castas (1847-1901) con los mayas de Yucatán.
La artillería (máquinas y municiones de guerra) irrumpe en el escaso silencio de los montes: las bombardas apuntan algunos árboles (máquina de guerra de cañón corto), vomitando enronquecidas bocanadas de hierro, piedra, humo y  pólvora  en  lugares estratégicos, una en el cabo, otra en la sabana y la última en las puertas de la casa; los mosquetes (como el fusil, pero más largo) , menos escandalosos, llaman a la sumisión; en alto las ballestas saltan de sus cuerdas puntiagudas azagayas (flechas); las culebrinas (cañones de mano), armadas sobre soportes con ruedas (las primeras que rodaron en tierra calkinienses),    arrastradas por los tamemes,  salen de sus  bocas una andanada de balas de a nueve kilogramos de peso. Retiembla   el suelo como se sacudía el  alma de los infelices nativos.
Van pasando por la finca de la futura  Santa Helena (que colinda, ahora,  su trasfondo con la Comisión Federal de Electricidad), el camino usado por los antiguos pueblos del oriente (los Canché) por negocios o por visita a los familiares.
Esta muestra de poder, harto exhibidos  por los conquistadores, les quitaban las ganas a quienes tenían la intención de combatirlos. Era una estrategia militar psicológica para atemorizar el espíritu de defensa de los nativos. El caballo, desconocido para los mayas y otros pueblos,   fue un medio eficaz para la conquista. Una civilización antigua contra una nueva y que a pesar  del tiempo transcurrido, aún,  no levanta de su cuna. Hoy  el dominio son  de los mismos, aunque más  de los primos de al lado, pero en la economía.  Un capitalismo deshumanizado que subyuga tremendamente a los de abajo.

Continúan por la misma calle (la 19) que desemboca en el centro de la capital maya: la explanada (hoy la plazoleta principal) en cuyo subsuelo, posteriormente, se cundirían de túneles extensos  e indescifrables laberintos  que culebrearían  en destinos inciertos. De esas galerías se extrajo el material blanco (sascab) para entrañar las gruesas  paredes,  bóvedas, almenas, contrafuertes del casillo medieval de San Luis Obispo y del convento de franciscanos.  
Los cascos de la caballería y la marcha de los de a pie se pierde en el suspenso del silencio.
Las monumentales pirámides  ceremoniales (destruidos para construir  sobre ellos,  con las mismas piedras y con la ayuda de los indios, otro templo para ser  regido por un solo Dios) de la Plaza Principal  y aquellas  que se encuentran  en su periferia (dentro de la manzana de la calle 15 y 11 de la colonia San Luis  y de otros lugares)  atestiguan, por vez primera, la marcha de estos malandrines  aventureros, y en la cima de los adoratorios asoma el humo que en volutas caprichosas se levanta al cielo como muestra de que los sacerdotes  Ah Kin May,  invocan   a sus dioses mayores para evitar problemas  en el concierto con los blancos. Y de las  chozas de huano,  las de la clase bajas,  aparecen caras redondas y morenas   de muchos niños bizcos,  ancianos y  mujeres con los pechos descubiertos (es la costumbre) miran curiosos  la llegada  de los invasores y mientras adentro, los viejos supersticiosos ruegan a sus waayes (ídolos familiares) protectores que en ese encuentro  no sea de terribles males  para el pueblo. En todo el trayecto, encimados espectadores, bordeando ambas orillas   aventaban ventiscas flores de mayo para festejar  la marcha triunfal hispana.
 Poco falta para llegar. Han atravesado las no nacientes vías del ferrocarril de vapor (calle 20) En el lugar donde se levanta orgullosa la Ceiba madre, es el final  de aquella agotadora  jornada. Es el  encuentro histórico de dos razas diferentes que está a punto de consumarse, es cuestión de tiempo. Mientras se espera el momento, el pozo Halim  sacia la sed de los forasteros. Para reponer energía, algunos españoles  se tumban sobre el suelo  en la  casa de huano de Na Puc Canul, batab de Chulilhá, mientras se dispone todo para el banquete.
El Consejo, completo   ya tiene dispuesto el tributo acordado. Na Batún Canul acaba de traerlo de Tepakán y con la ayuda de varios esclavos lo acomoda sobre varios petates (póop en maya).
Leamos como lo cuenta emocionado el escondido narrador del Códice:
Lo entregaron al Capitán (Gonzalo, indígena con el nombre españolizado) cuando ya había amanecido. Este es el tributo que entregaron: cien cargas de maíz recogidos de todos; de pavos un ciento también; cincuenta cántaros de miel; veinte cestos de algodón en rama. El cordón para corazas fue apartado también. Este fue el tributo que recibió bajo la ceiba en Halim”.
Cuando los batabes tenían una reunión de Consejo o algún asunto que tratar    en Calkiní disponían de una casa para descansar o pasar la noche si el tiempo no les era suficiente para resolver sus problemas.
Las tripas están impacientes, refunfuñan, desean ser satisfechas. Los hombres mezclados ya no aguantan. Están a punto de romper las reglas de los buenos modales, quieren arrebatar y comer.
Los comeanonas (los españoles) eran llamados así  por los mayas  no porque les gustase, sino porque   era una forma de mitigar el hambre. En sus correrías  conocieron el tormento de la falta de alimentos, incluso cientos de ellos murieron por no acomodarse a las circunstancias; otros para sobrevivir tuvieron que convertirse en caníbales, alimentándose de sus muertos que iban quedando en el camino o comiendo de los perritos (escuintlis) que acostumbran a consumir los indígenas o en los peores de los casos, raíces, ratones o todo aquello que  pudiera engañar al hambre.  Es por esa razón  que cuando podían, como medio de prevención, cargaban a sus cerdos en sus expediciones para abastecerse de comida En ocasiones,  para ayudarse  entre conquistadores dejaban a estos animales en aquellos lugares que pisaban, provisionalmente, para que se multiplicaran y se tuviera comida suficiente para poder sobrevivir. De esos porcinos  fabricaban el tocino y el  jamón ahumado. Aprendieron también a comer el cazabe (pan de yuca) de los pueblos caribeños, no les quedaba de otra. Los españoles bien lo decían con esta frase: “tener hambre de Indias” es un tormento inenarrable.
Na Chan Canul había invitado a todos lo batabes al evento, el único compromiso que le quedaba por resolver,  pues había sido sustituido por Na Pot Canché por no haberse plegado a los ruines intereses de los dzules, y  lo peor era que sus propios hermanos lo desconocieron tan solo por haber intentado  defender la soberanía de su pueblo. Según ellos esa postura de resistencia  provocó ese trance  que vivía la población en ese momento. Triste interpretación que se le dio a la conducta patriótica  de un  batab.
Ya está listo el prorrateo:
Los tupiles (culhuas) eran los encargados de distribuir los alimentos y los otros enseres,  y los demás  que observaba la maniobra se impacientaron y se fueron encima de los repartidores para arrebatarles todo lo que cayó en sus manos; unos más, uno menos  que otros, pero algo se tomó.
Los mayas le llamaban culhuas (culhuacán) a los nahuas presentes (mexicas, tlaxcaltecas, huejotzingos)  que habitaron en otros tiempos el Valle de México. Estos guerreros se los trajo Montejo de su encomienda de Atzcapozalco para apoyarse en la conquista de Yucatán.

Los kules, los Ah canes, los batabes, los nobles (los hidalgos o nobles  como se les  llamaba) observaban atemorizados en el interior de la casa de Na Pot Canché.
Saciado el demonio del hambre, le dieron cabida a otra maldita costumbre militar: el esclavismo de la guerra, y con el dolor  de la comunidad se llevaron a la fuerza a algunos hombres para explotarlos o para guerrear (como en la época de la revolución, la famosa leva) o tal vez para convertirlos en posibles candidatos como cargadores o para alimentar  a los huichilobos (ídolos aztecas, alimentados con el sacrificio de prisioneros de guerra ) en el caso de los tupiles;  y a   las  mujeres para saciar  sus ansias sexuales  tanto tiempo reprimidas, aparte de refundirlas en la cocina ambulante para alimentar a los expedicionarios.
 El Consejo, finalmente, como representante del pueblo, aceptó convertirse en súbdito de un rey desconocido para ser exprimido con los tributos obligatorios y de adoptar una nueva religión, basada en la adoración de un solo Dios. Acababa de caer la dignidad de un pueblo  por tantos años defendida por los antepasados de un pueblo de cuyo linaje se enorgullecían y de una sangre brava que en otros tiempos hicieron gala como guardianes de la ciudad de Mayapán.
 Destrozada Mayapán fueron expulsados.  Fray Diego de Landa lo cuenta:
Que estos señores de Mayapán no tomaron venganza de los mexicanos que ayudaron a Cocom porque fueron persuadidos por el gobernador de la tierra y porque eran extranjeros y que así los dejaron dándoles facultades para que poblasen un pueblo apartado, para sí solos, o se fuesen de la tierra no que escogieran quedarse en Yucatán y no volver a las lagunas y mosquitos de Tabasco, y poblaran la provincia de Canul que les fue señalada y que allí duraron hasta las segundas guerras de los españoles”
Esto aconteció debajo de la Ceiba, junto al pozo Halim; un evento histórico y legendario entre dos razas diferentes, cuya  mezcla daría luz a una nueva casta: el mestizaje Ah Canul. Más técnicamente dicho: iberoamericano, por la raza;  y latinoamericano, por la lengua romance.
 La familia Montejo triunfó en su conquista, pero necesitó 40 años para avasallar a la raza maya en toda la península aunque no fue muy fácil,  y en su honor en Mérida, Yuc., en la Plaza Principal, se exhibe con orgullo  en el frontón de su palacio,  en figuras sobre relieve, el cinismo de la humillación impuesta al pueblo maya. Dos alabarderos, enfundados en mallas de hierro, simétricamente ubicados, en posición altiva,  mantienen aplastados con sus sucias sandalias dos cabezas indígenas, abiertas las bocas en gestos de inefable dolor. Un espectáculo vergonzoso de la supremacía española; un insulto a la raza maya; un edificio en honor a la perversidad; un indigno homenaje a una horda de bribones que vinieron a usurpar una tierra que no era suya… amañada con la justificación aristotélica de que  se viene al mundo a mandar o a ser esclavo.

 A la derecha, más abajo, en una cuadrícula de metal un texto alusivo: “1541-1942. Esta casa, que aún conserva su histórica portada de hace cuatro siglos, fue construida por los Montejo, ilustres fundadores de esta ciudad…”
Ciertamente su sangre con la americana originaron una nueva raza que le ha dado identidad a muchas naciones. No obstante sus enormes desmanes, no se pueden comparar  con la de los conquistadores de la América del Norte que ahí fue peor. Ellos llevaron a sus mujeres y no necesitaron de las nativas para paliar sus ansias sexuales,  así que arrasaron en masa a los pobladores refundiéndolos en reservas. Lo que no sucedió en México. 
En la cosmogonía de los mayas, la Ceiba  representaba tres niveles: el mundo celestial o superior (comida en abundancia, ángeles y arcángeles  bajo la fronda del ya’ axché) asociado con seres sobrenaturales y antepasados; el mundo medio terrenal, donde habitan los hombres; y el acuático inframundo al que se podía acceder a través de cuevas o aguas quietas. Los tres niveles del cosmos se unían mediante un gran árbol del mundo, representado por la Ceiba, es por eso la devoción  que se le tenía.
Los españoles para dejar huella de su fuerza militar mandaron construir en ese sitio, con dovelas (piezas en forma de cuñas que conforman el arco) de piedra,  un arco de triunfo en miniatura, imitando a los grandes fabricados en Europa o las de la capital yucateca. Esta costumbre la heredaron de los romanos (fueron sus dominadores) quienes a su vez la aprendieron de los mesopotámicos, aunque en esas regiones, los arcos se empleaban como sostenes en el subsuelo para construir  los desagües. Le cupo el honor a los latinos  usarlos por primera  vez en el exterior  para  la edificación de puentes, acueductos, anfiteatros y en  la arquitectura estética de los edificios. En Querétaro todavía se mantiene un acueducto con arcadas.
Los arcos, además de simbolizar el poderío militar, también se erigían para homenajear a algún personaje importante como fue el caso de la construcción del Arco de Triunfo en  Francia en honor del emperador Constantino I a quien  se le debe la libertad de practicar  la religión cristiana, antes tremendamente prohibida.
No obstante, que los hispanos se comportaron brutalmente con nuestros hermanos de raza (según del color del cristal con que se mire) nos legaron algo  valioso que lo que ellos nos quitaron con sus desmanes: la palabra. Veamos cómo lo dice Pablo Neruda en su libro:   “Confieso que he vivido”.
“(…) Qué buen idioma el mío, qué buena lengua heredamos de los conquistadores torvos… Éstos andaban a zancadas por las tremendas cordilleras, por las Américas encrespadas, buscando patatas, butifarras, frijolitos, tabaco negro, oro, maíz, huevos fritos, con aquel apetito voraz que nunca más se ha visto en el mundo… Todo se lo tragaban, con religiones,  pirámides, tribus, idolatrías iguales a las que ellos traían en sus grandes bolsas… Por donde pasaban quedaba arrasada la tierra… Pero a los bárbaros se les caían de las botas, de las barbas, de los yelmos, de las herraduras, como piedrecitas, las palabras luminosas que se quedaron aquí resplandecientes… el idioma. Salimos perdiendo… Salimos ganando… Se llevaron el oro y nos dejaron el oro… Se llevaron todo y nos dejaron todo… Nos dejaron las palabras”.
Además nos trajeron de la fauna y la flora, para beneficio nuestro, especies que se produjeron enormemente en  tierra americana:

Caballos, mulas, machos, asnos, vacas (que los mayas confundieron con grandes venados),  puercos, carneros, ovejas, perros, gatos, gallinas, y palomas,  cítricos (Bernal Días del Castillo dijo en Coatzacoalcos, Veracruz: estas son las primeras semillas de naranja que van a brotar en estos lugares de la Indias), parras, trigo,  café, granada, higos, guayabos, dátiles, caña, plátanos, melones y demás legumbres, y aparte los oficios.
Epílogo.
Una ceiba desaparecida, testigo de aquel hecho histórico y que  todavía  guarda, espiritualmente  en la memoria de su sustituta actual, el romanticismo de un ayer lastimado por los hispanos y todavía sin cauterizar, una Ceiba ofendida, actualmente, por una horda de gente grosera  que no reconoce el valor histórico que representa y  que  ha  convertido  el lugar, en donde se yergue, en un verdadero casino; un recuerdo de aquel Consejo, debajo de aquella vieja  fronda,  en espera  de la llegada de una  raza avariciosa y desconocida; un pozo Halim que daba servicio de agua a los trabajadores para la construcción de la iglesia y a los primeros abuelos, y en un pasado no muy lejano, a los vecinos del rumbo y a los antiguos arrieros que venían de Nunkiní, en sus idas y venidas por el oriente en el acarreo del santo maíz (así se le llamaba antes), un cenote , ahora con fisonomía normal y con  una entrada secreta enterrada por el tiempo en cuyas aguas no permanece un cubo caído porque es arrastrado por una corriente subterránea para aparecer de nuevo en otro pozo,  (lo que demuestra que es un cenote) y un arco de triunfo de origen románico, hoy un esperpento  que  agoniza lentamente bajo el espectro de la indiferencia total del pueblo(ahora ya no) son tres  símbolos de nuestra identidad cultural que deben ser apreciados  de alguna manera por todos, material o intelectualmente porque ellos representan el emblema del pueblo Ah Canul. Quitémonos la venda de la miopía de la indolencia  y vayamos decididos en su defensa.
Quien  ha de imaginarse que nuestra herencia cultural es una mezcla de costumbres, de arquitectura o de la lengua de otras civilizaciones  venidas de lejanas tierras ya sea de Roma,  Alemania, Grecia, Etruria, Arabia, los pueblos de la mesopotamia, Francia, Inglaterra, Portugal, las islas caribeñas, etc.
Todo ese patrimonio cultural está junto a nosotros en nuestra vida cotidiana. Bien vale la pena reencontrarnos con  nuestro pasado  para enriquecer  la alforja de nuestra sabiduría.
En realidad,  el propósito de  este trabajo es facilitar la comprensión de algunos sucesos narrados en el Códice de Calkiní,  (que por estar inconexos por haber sido escrito por varios autores,  se pierde la claridad de las ideas)  pero que no se apartan  de la verdad histórica, y que sólo se fue recreando con la azarosa conquista de los españoles en América,  combinando acciones, mezclando edificios, describiendo armas bélicas, costumbres, la flora y la fauna,  vestimentas, lugares, insertando costumbres,  la vida de la gente antigua con las cosas del Calkiní actual. Es una forma didáctica para mostrar lo que está escondido en el Códice y que por falta de  información no visual, se torna oscura, en partes. La información no visual es el conocimiento previo que se trae para la comprensión de un texto.
Ese ambiente denso de historia local,  desea ser despertado por  cada calkiniense en un llamado  lastimero porque no permanezca  para  siempre en el anonimato.
Cuánta historia inédita encubre la tierra nuestra, desde siglos, ávida por darla a conocer a sus hijos. La cerámica y los vestigios arqueológicos, aguardan ser descifrados. Es una lástima que en lugar de jeroglíficos, los mayas, no hayan inventado un alfabeto a semejanza del latino.
Dos investigadores dzules (que les interesa  lo nuestro, una americana Lorraine A. Williams Beck y un japonés Tsubasa Okoshi Harada) se nos han adelantado en la recuperación  de la historia inédita de Calkiní y además  nos han de traer otras sorpresas halagadoras, ya lo han anunciado.
En lengua maya legítima  dzul  significaba forastero, hoy, caballero”.
El Tu’ uk Ka’ an quiere  emerger de la apatía  en que lo tiene sumido  el pueblo por el desinterés de conocer  su pasado histórico, y los responsables de transmitirlo cabalgan displicentemente en el lomo del  limbo de la desesperanza, deshojando sueños que no fructificarán per saecula saeculorum amen, sin embargo, en el resquicio de las decisiones, algún día…


 UN SALUDO QUE NO SABE DE GRAMATICA
La concordancia en el habla popular no tiene importancia. Es común escuchar el saludo de una persona cuando llama por la mañana en la puerta de una casa: “buenas”, “buenas”.
Y  se pregunta desde adentro, ¿quién?, y se responde, yo. ¿Seremos adivinos para saber de quién se trata?
Pero dejemos la desviación de las ideas  y continuemos con el tema.  En una mañana, el  apocopado saludo  “buenas” no concuerda con el sustantivo, días, a menos que sea de tarde o de noche. Pero esas reflexiones son pequeñeces en el buen hablar  que el pueblo no toma en cuenta porque no sabe de  Gramática.  Si los hablantes  lo siguen  diciendo es un derecho que le corresponde sólo a él,  ya que la lengua es de su propiedad y el uso que le da es aceptado por todos haya o no concordancia, lo importante es que la comunicación le llegue bien al oyente.


EL AGORERO TUNKULUCHÚ

Cuenta la gente más vieja: “que cuando el tecolote canta el indio muere”.
Yo he visto el rostro espantado  de personas fanáticas de la superstición  que cuando escuchan el chillido silbante de un tecolote sobre el techo de sus domicilios se persignan y exclaman angustiadas:
─ Jeta’ an kisin shich’ (a este pajarraco lo confunden con el tunkuluchú).
Este pájaro de mal agüero anuncia la muerte en nueve silbidos, si al noveno no llega  nada sucederá jamás. Pero siempre es certero, no falla; si no es en la familia señalada, con seguridad, es en  otra,  que vive por el rumbo.
“Cuando el tecolote canta el indio muere”.



EL ÁRBOL DEL RAMÓN
(Öox)
Frente a mi casa  enarbolan airosas sus frondosas ramas, unos enormes ramones que en el concierto de la flora, en el espacio que ocupan,  lucen  incomparables.
Nacieron  para atender las necesidades del hombre, así ha sido siempre, desde tiempos inmemoriales.
Sus frutos redondos y afelpados son sabrosos si se saben guisar. Los mayas antiguos los convertían en masa para apaciguar grandes hambrunas; su exuberante follaje sirve de alimento  para los ganados, caballos y otros herbívoros, así como de albergue para cientos de kawues (zanates) que cuando se amontonan  atarantan con sus chillidos y alharacas el entendimiento;  y sus tallos  son formidables  para trabajos de carpintería en donde se requiere fortaleza para los muebles. Su único defecto es que a cada rato se descuelgan en cadenciosos giros sus hojas  y aunque las repongan  inmediatamente, convierten el piso en un tapiz de hojarasca, causando una mala imagen. Si se  intenta el aseo,  de nada sirve pues más se tarda  en  despejar el suelo en que se vuelve a inundar   de sus vestiduras secas.
De sus bondades, yo no aspiro a  más que una sola: su sombra que ofrece su floresta para hundirme en la gracia inefable que da la lectura o la compañía de un amigo fortuito que se detiene por un instante para compartir conmigo  las dichosas palabras…


 (K’ u’ che’)
Entre la espesura verdeante de un ramonal  asoma a duras penas la nariz, en un quiebre obligado de su garganta, un esbelto cedro ávido de beber la luz,   que lo convierta en un árbol descomunal y fuerte. Sin ese intento podría rezagarse, porque está en eterna competencia con sus hermanos. El que se duerme no crece; es la ley de la divina naturaleza.
Pertenece a la familia de las abietáceas y es  humilde de cuna pues nace en  lugares increíbles, hasta en las paredes más viejas sólo que contengan los nutrientes necesarios  para vivir.
Es un gigante natural que le gusta juguetear con las nubes en remolinos constantes y alcanza hasta 40 metros de altura; su fronda de perfume inexplicable, aunque no muy densa,  está compuesta por hojas puntiagudas, colgadas en ramas horizontales, las cuales tienen propiedades medicinales que estrujadas con los dedos,  detienen una hemorragia nasal;  es la adoración de los ebanistas  que  utilizan su tallo compacto, rojiza y fragante para la fabricación  de hermosos  muebles de duración eterna; en sus elevadas ramas, para su protección,  hamaquean  en rústicas canastas alargadas que acunan a oropéndolas de plumajes del color del maíz;  pero lo mejor son  sus frutos secos que le dan  perpetuidad y que  además les sirve a los niños para explotar su creatividad en la fabricación  de animalitos u otros caprichos que se les antoje, clavando y desclavando ilusiones con maderitas.
Cultivar cedros es un gran negocio a largo plazo, pero  más que eso, su  grandeza  no tiene comparación, gracias a las manos  artesanales de Dios.

LOS WAAYES
(Los espantos)

¿Alguien se acuerda de los waayes? Me imagino que pocos. Esos esperpentos  lo inventaron los ancestros como un medio de controlar la conducta no sólo de los niños sino de los jóvenes y viejos. El miedo es algo natural que se trae desde que se nace y se alimenta con la fuerza de esta frase genérica: “Si no te portas bien el waay te…”. Aclaro hablo de los tiempos idos.
Aparte de sus dioses principales como Yuum cháak, Yum kin, Yumm k’ áak, Yum kimen, etc., adoraban a otros, menores, los cuales adornaban los hogares.
Esos diositos conocidos como waayes se representaban, como en algunas religiones, en ídolos de barro, piedra o  madera con formas más diversas,  especialmente en  figuras horrendas, especialmente en imágenes de animales,  y tenían la responsabilidad de conceder gracias o proteger a las familias de las calamidades.
Pasado el tiempo, muy cercano a algunas generaciones nuestras se transformaron  en otros waayes. Conocidos son el waay k’ éek’ en, el waay j chiibo, el waay wakax, pero el más conocido, creo, hasta ahora es el waay tucho, aunque ya se ha convertido en chi chi, y los niños bien que lo conocen, aunque nunca lo han visto.
Estos waayes últimos, eran personas que se transformaban en animales para divertirse del miedo del vulgo y crecieron mucho que hasta se creyó de su existencia. Vivieron mientras no llegaba en su plenitud los adelantos de la ciencia, si acaso se conservan  en los pueblos más  rezagados.
Conozcamos algunos.

El waay j chiivo
Este era un brujo consumado que a través de un conjuro (frases misteriosas) y nueve volantines adelante y nueve, por atrás se destornillaba la cabeza, lo depositaba sobre algún objeto y se convertía en un capricornio y se iba a las andadas… a  sembrar el miedo. Aunque lo único que sé,  que estos fantoches eran personas vestidas de ese modo y que aprovechaban   el temor que causaba esta historieta para poder salir sin problemas para visitar a sus amadas clandestinas. En Calkiní hubo un famoso waay oso, con las mismas intenciones y cuando fue descubierto por el marido le dieron una soberana tunda.

El waa pa’ ach
Este era un ser monumental como el cíclope de Homero. Un espanto para todos aquellos jóvenes que acostumbraban a desvelarse y que se les aparecía, siempre, en una esquina con las piernas abiertas para invitar al trasnochado a cruzarlas, lo que nunca sucedía, pues el que se animaba moría apachurrado. Si se regresaba para la otra orilla de nueva cuenta se  encontraba ahí ¿Cómo se salvaban? , nunca se daba razón. Lo único que se sabe es que era un ser que a todos atemorizaba.
El término waa pach, a través del tiempo, ha sufrido variaciones en su morfología, lo correcto sería decir waay puch’ porque ese era su  intención de la bestia comprimir.
Historia suspendida en la memoria de mi madre, relatada en Los Cantares de Dzitbalché.


El wuay tucho
Este es un de los más cercanos a nuestra época. Comúnmente se utiliza como arma para asustar a los niños llorones. Es una estrategia eficaz para callarlos: “Cállate porque ahí el way tucho y te va a comer”. Hoy ha sido sustituido por otro: el chichí, y vaya que funciona también. Si acaso estos seres ya desaparecidos  se conservan,  actualmente,  en la palabra que se usa como burla cuando a alguien se le escapa alguna exclamación de afeminado  se le chancea con  el waay o a veces de admiración en un juego de azar.

El chi awat

Esta mosca gritona, aún da muestras de vida. Lo certifican personas serias, enemigas del invento.
Este insecto hematófago se anuncia con un chillido tan fuerte y lastimero que estremece a cualquiera. Cuentan que se alimenta, exclusivamente, con sangre de alguien muerto en un accidente. Su aullido es un mensaje de mal agüero. Escucharlo no se le desea a nadie.

Todos esos espantajos incorpóreos sólo  existieron en la mente inocente de los antiguos y que se han vuelto historia por lo cautivante de su fantasía





El xúxac
(Canasto grande)
El xúuxac es un cesto oblongo (alargado) construido con un material  flexible, para darle forma, llamado bejuco. Funcionaba con dos  propósitos: le servía al campesino como depósito en el momento en que iba cosechando  la milpa; y el otro, para asustar a los niños cuando se portaban mal.
En el último objetivo se encerraba al niño  en él, y en su derredor, el castigador, le acercaba, en movimientos rápidos, un manojo de hierbas secas o papel periódico encendidos que mataba de miedo al pequeño. Yo fui testigo de la aplicación  de esta estrategia en una cueva en donde se tejía. La medicina nunca fallaba y menos se olvida.

El pozo “Isabel"
En una dejada un triciclero,  fácil de palabra, me fue deshojando en el camino rumbo a mi casa una historia misteriosa   que me pareció muy interesante. Le rogué que fuéramos a vuelta de rueda para que terminara su relato. 
Secándose el agua salada que le resbalaba por el rostro con un paliacate rojo comenzó:
En Kilakán en la calle  28      por  la 25 y 23       existe, casi en medio de la calle, un pozo que fue de uso comunal cubierto por una loza de concreto, pero a causa del agua entubada se clausuró.  A simple vista pasa inadvertida ante la mirada de la gente, pero algunas personas saben que tiene algo que contarnos, y qué relato.
En esa calle, hace muchos katunes, vivía una guapa mujer como una luna llena después de una lluvia, que era asediada sin cesar que si se trataba de enamorados no se terminarían de contar hasta estos días. Se sabía bonita y deseada hasta en los sueños por aquellos corazones rodantes, por eso le gustaba jugar a las cartas con las ilusiones  de muchos jóvenes a quienes ni siquiera se dignaba en obsequiarles una mirada de sus ojos tornasolados como lo que queda en el chapaleo del aceite con el agua.  Hubo uno que le gustaba mucho, pero sabía muy bien el momento en que le debía entregar el alma, mientras tanto lo traía como a un equilibrista en una cuerda floja.
Un pozo que no existía antes, y que obligaba a la linda moza a acarrear el agua a tres cuadras de donde vivía. ¿Un sacrificio? Puede que sí, pero a ella no le pesaba porque sabía que de ese modo, además de sus cántaros de agua, los llenaba también con suspiros de querencias  alborotadas, y de esperanzas a borbotones.
Mientras más arreciaba el acoso ululante, un día cayó de quién sabe dónde un nuevo rayo competidor. Era alto, bien plantado,  con característica de forastero por el hablar. La bonita también se fijó en él  y empezó el bailoteo, cual si fuera la danza de un pavo real al acecho de su hembra.
Como toda mujer pudorosa y  acomedida (al principio), esperó con serenidad los primeras arremetidas, recibiéndoles con galanos esquivos a la manera de un torero consumado. Hasta que por fin saltaron con reservas las primeras palabras  entre los dos:
  Señorita, desde hace días, sin que usted se percatara de mi presencia, “eso creía él, pero si supiera…”,  he estado observando el esfuerzo que le causa traer agua desde muy lejos y me ha dado mucha pena. Si usted no lo toma a mal me gustaría ayudarla.
La coraza, apenas se inmutó, ¿cómo iba a aceptar así de pronto una ayuda de un desconocido y menos si aparentaba ser de otro lugar?
─ Permítame presentarme, mi nombre es Juan y soy de Calkní, nada más que hace tiempo emigré con mi familia a Catemaco Ver.,  por una oportunidad de trabajo que se le ofreció a mi padre. Pero ya estoy de vuelta y pienso establecerme aquí, poniendo un negocio de medicina tradicional.
La muchacha, con la cercanía del joven, sintió en la nuca un gusanito que se le subía y se le bajaba desde la cabeza hasta la punta de los pies  encendiéndola toda, y a la vez, un cierto escalofrío como en una mañana de mucho frío,  tal vez era la señal del amor verdadero esperado hace tiempo o, ¿acaso no así se  anuncia?
Sobreponiéndose a esa exquisita sensación, la concha abrió una rendija:
─ Muy bien, ¿y en qué consiste el apoyo? ¿A cargar los cántaros? ¿A construirme un pozo en mi terreno?─ contestaba arisca la desconsiderada.
─ Auque se burle de mí, algo por el estilo.
─ ¿Me ayudará en qué? ¿A ver dígame?
 Aunque usted no lo crea, le voy a perforar en un día un pozo, enfrente de su casa con un hermoso brocal de piedras labradas y sus arreos de encima  ¿Qué le parece?
 ─ ¡Ajá! Muy bien, conque un pozo en un día y con  un brocal y sus avíos,  está usted reloco, un pozo… ja, me muero de risa, ja ja ¿Y por qué no en mi patio? ▬ Seguía jugando
▬ La gente también lo necesita.
 Un pozo y en un día ▬ repetía la condenada.
▬ Se lo aseguro.
Incrédula la muchacha le dio groseramente la espalda y se metió en su casa, mientras el joven le gritaba:
─ ¡Un pozo, verá usted! ¡Un pozo…!
Al día siguiente, la chica se preparó, pero  al salir de su casa quedó boquiabierta: frente a su casa, un pozo con brocal de piedras reluciente y encuadradas, nuevo carrillo y sogas… y ambiente…
─ ¡Madre de mi alma esto no puede ser, seguramente es obra del diablo! “Mas o menos, alguien musitó en forma misteriosa  como en un eco que se fue desvaneciendo poco a poco en el viento de la mañana”
La moza, todavía incrédula,  conversó a sus padres la plática del día anterior y no le creían. El joven extraño no volvió jamás, así como llegó así se fue ¿y la tienda de medicina herbolaria? Puro cuento.
El pozo fue aprovechado por la comunidad, aunque a cambio de la vida de la chica, porque ésta murió al mes.
Cuentan las viejas lenguas que dentro de ese pozo a veces se escuchan  murmullos y burbujeo de agua como queriendo salir.
Amigo lector, si quiere usted conocerlo déle gusto a su curiosidad y vaya a la dirección antepuesta. Vale la pena  conocer el pozo Isabel.
El triclero concluyó, y yo embobado bajé, trastrabillando  con dirección a mi casa. Iba con el pensamiento, revoloteando de conjeturas de aquel relato aún inédito en la expresión escrita, ¿habrá sucedido en realidad o fue un invento de aquel bohemio trabajador? ¡Sepa la bola! Pero estoy seguro, amigo lector, que   esta historia le habrá  cimbrado las fibras más sensibles de su ser.
 
Eclipse lunar
El pueblo rugiendo  sorpresa y miedo. El batab dando órdenes a todo su género. Las mujeres reflejan angustia ante aquel evento, los niños acurrucados en un rincón, con los ojos cerrados, no dan crédito de lo que está pasando. La noche y la luna en pleito celestial ante cientos de ojos alucinados, suspendidos en la inmensidad del firmamento. El retintín de los grillos y demás  insectos, inadvertidos antes, arrecian ahora su   presencia. Tiemblan todos de pie a cabeza, hasta los animales se alborotan en  busca del  lugar donde acostumbran a guarecerse ¿Es un presagio de desdichas?
Los algodonales blanquean en copos de nubes en la parcela; los maizales  sonríen con sus áureas espigas en flor; las trojes rebozan del maíz sagrado que da alimento al pueblo maya; y las futuras madres sollozan sus abultados vientres enfebrecidos  por aquel misterioso  acontecimiento
Mas de repente zumba, en ese ambiente aterrador, una música destemplada de caracoles marinos, trompetas, ocarinas, silbatos, raspadores de hueso o concha, sonajas de frutos secos, zacatlanes, tunkules, concha de tortuga y en coro tumultuoso acrecientan  las voces altisonantes de todo el pueblo. Una verdadera y escandalosa  revolución para inventar ruido a como dé lugar.
El pueblo sufre porque se están comiendo  a su diosa Uh por el xuulab (hormiha arriera). Los mayas veneraban a la luna porque era la patrona  del tejido, del maíz, de  la cosecha y del parto.
Este suceso que los mantenía en agonía era un eclipse lunar.
No hace mucho tiempo que esta práctica murió en nuestra tierra, aunque solo se tocaban latas, se disparaban escopetas o cualquier cosa que produjera ruido. El verdadero antecedente de esta práctica no se conocía, sólo el automatismo, arraigado en la subconciencia del pueblo, lo mantenía viva  aunque con ciertas variantes. Hoy esa música destemplada  ya no se escucha, porque nadie se acuerda, tiempo y ciencia se han comido a la luna en cachitos.


El kanan kool
(El cuidador de la milpa)
El producto de la tierra para el indígena maya es sagrado. Tiene el conocimiento  que de él depende la seguridad de su familia y de la comunidad. Así que no necesita cuidarse, pues  sabe que todos saben que la leche materna es intocable. Pero a veces, como en toda regla escrita, se producen excepciones, pues no   faltan los pícaros que cuando ven las milpas cuajados de suculentos frutos no resisten la tentación de apoderarse de algunos con la creencia de que el robo pasará  inadvertido para el dueño, pero desconoce (a propósito) que el campesino tiene contado a sus hijos. Esa mala conducta si no es castigada por las leyes del hombre, más tarde  será enjuiciada  ante las leyes del monte, pues si el terreno está curado el castigo será la muerte.

Curar un terreno consiste en un ritual cautivante tanto para los coludidos en él como para aquéllos que asisten como invitados. A esa ceremonia se le llama kanan kool.
Veamos cómo se desarrolla.
Se recurre a la experiencia de un prestigiado pul ya’j   o  yerbatero  y se delimita el espacio donde se va a trabajar. En este caso es el centro del lugar donde  refulge el alimento sagrado.
Se traza un cruz imaginaria en cuyos cuatro extremos se asientan jícaras de sakab y en medio se entierra un muñeco de barro, excelentemente torneado, en cuyo cuerpo le dejan caer nueve gotas de sangre del dueño de la milpa, mientras el hechicero asperja  de sus labios una serie de expresiones jeroglíficas mezcladas con rezos cristianos, como es la costumbre en esos ritos.
Una vez concluido el trabajo del   merolico santiguador, el campesino debe inventar una contraseña para que pueda ser identificado por el espíritu viviente cuando visite la milpa. Puede ser un silbido, un insulto o cualquier palabra que se le antoje. En caso contrario, no se le reconocerá y sufrirá de igual forma que un extraño visitante. El cuidador ya está listo para el trabajo.
Gente desconocida que profane la milpa sufrirá una serie de travesuras del vigilante y si se lleva algún producto agrícola se le castigará con la muerte.
La mayoría de los campesinos conocen estos secretos, pero si algún día les carcome el gusanito de la tentación ellos…

LOS ALUXITOS



Amigo lector cuando eras niño quizá hayas oído, alguna vez, conversar a los abuelos y de gente amiga historias  de fantasmas relacionados con ciertos seres en miniatura — así como los muñequitos de tus juegos infantiles — que por sus travesuras y maldades causaban  el miedo entre la gente de aquella época, salvo si cumplían al pie de la letra con los caprichos de esos efrites mal intencionados (genios malosos mencionados en los cuentos de “Las mil y una noches”) que para mantenerlos quietecitos era necesario ofrecerles de comer y beber.  Estos pequeños chockys se les conocen como aluxitos.
A pesar de sus diabluras gozaban de cierta simpatía entre los campesinos quienes aseguraban que era posible  convivir en armonía con ellos, pues al fin y al cabo eran niños, aunque  en cuerpos de personas grandes, pero que se les podía endulzar sí se les buscaba la vuelta.  En sus  juegos y locuras preferían a los niños  y los buscaban a como diera lugar, causando por supuesto, la angustia de los papás porque sabían que cuando un niño desaparecía era por causa de estos enanitos juguetones.
En mi niñez, en la era en que nos comunicábamos con tunkules y señales de humo, época en que aún se comían  tortillas hechas a mano, aún se conservaban intactas las tradiciones que  eran el alimento de la imaginación infantil, en especial, aquellas historias sobre hechos sobrenaturales e inexplicables que surgían en lluvias torrenciales de la boca desdentada de los viejos sabuesos quienes nos  llenaban de alucinaciones a nuestras mentes y vivíamos cautivados cuando por las noches nos las pasábamos en  duermevela con esas agradables charlas llenas de  colorido y terror, preferentemente, el tema de los aluxitos. Los niños más sensibles no querían irse a dormir por miedo y los que no pertenecían a la familia y que venían de lejos también a disfrutar de esas imaginaciones tenían problemas para regresar a sus casas a menos que los acompañara una persona mayor, pues sus cabecitas ya estaban a punto de reventar de miedo por tantos relatos de espantos escuchados o preferían quedarse en la casa del amigo.
De modo que si  no tuviste la fortuna de disfrutar  estos excitantes relatos porque te haya tocado vivir   otra era en donde las tradiciones de los viejos, desgraciadamente,  se han ido perdiendo  por causa de los medios de  comunicación  masiva como la enajenante televisión, no te desanimes y aprovecha esta oportunidad que te ofrezco para que viajes junto a mí y  en radiografía descriptiva al mundo de locuras y ensueños en donde estos simpáticos señoritos burlones son actores principales. 
Las personas que conocen a estos diablillos aseguran que tienen el rostro de un niño y de apariencia ingenua, ¿ingenua? quién sabe porque son sinvergüenzas ya que acostumbran a presentarse  en cueros, es decir, completamente desnudos en lugares en donde no son invitados. Por su tamaño se parecen a aquellos diminutos habitantes de la isla de Líliput en la novela: “Los viajes de Gulliver” de Jonathan Swift”.
A pesar de su naturaleza microscópica les gusta causar maldades de todos calibres, y no se les conmueve el corazón cuando ven sufrir a sus víctimas dañados por sus crueldades. Son malos de por sí. Pero a veces se portan muy bien con los campesinos pues los ayudan expulsar a los ladrones que se meten en sus terrenos para llevarse el fruto de su trabajo. Los asustan tirándoles piedras, les chiflan por todos lados, les gritan con palabras que no se entienden pero que parecen insultos, en fin, al verse acorralado sale corriendo pues ya comprendió que ese lugar tiene dueños invisibles y sí se aferra a su objetivo ya sabe a lo que le tira.
Acostumbran a aparecerse a mediodía cuando el sol está en el centro del cielo (cenit), en los cerros conocidos como cuyos (lugar donde se encuentran vestigios arqueológicos), en sombríos solares abandonados, en cuevas o en chultunes (orificios en el subsuelo en forma de cántaro).
Viajan en  un medio de transporte fantástico y original que son los remolinos, así lo cuentan los antepasados, que en su alrededor arrastran en giros acelerados  basura, papeles, hojas secas y vientos malos” para la salud. Estos embudos de aire, por lo regular, se forman en medio de los solares y cuando se dirigen directamente a las viviendas, las viejas gritan asustadas:
__ ¡Je ku tal le X’ mozón i’k! akananesh palalesh que en español  significa: ¡Ahí viene el viento malo! ¡Niños, corran y entren rápidamente a casa! ¡Ya se acerca el remolino!  ¡Entren  si no quieren enfermarse! Sí los rapazuelos no hacen caso de estas advertencias, los meten a casa y les recetan   jiladas explosivas de cintarazos.
La gente antigua creía que estas tolvaneras eran transmisoras de diversas clases de enfermedades tales como la calentura, el dolor de cabeza, la diarrea, los desmayos, la locura, etc. Cuando los mayores se descuidaban y los niños eran envueltos en la turbulencia del remolino con seguridad adquirían alguna enfermedad de las ya mencionadas. De nada valían los conocimientos de la ciencia médica, pues estos males sólo podrían ser curados por los hierbateros ( x’ men en lengua maya) que aún tienen  el secreto para  alejar a los malos espíritus que son  reencarnaciones de los aluxitos.
Estos  ratoncitos se apoderan de los terrenos sin permiso  del dueño,  y éste tendrá que pagar su impuesto predial que consiste en comidas y bebidas especiales enmarcadas en una ceremonia bajo la guía de un curandero, pero si no cumple, entonces,  se le castiga con enfermedades. Este ritual se le conoce en la región como han li  kool y saakab respectivamente; esta estrategia será el remedio certero que librará de los malos vientos a la familia. Nada más que esta práctica se deberá repetir anualmente, sin interrupción alguna. Cualquier fallo ocasionaría peores males, por ello será necesario seguir consintiendo a estos diablillos hasta dejarlos  contentos y decidan en abandonar el predio por cuenta propia y vayan en busca de otros mejores lugares para causar  más dolores de cabeza. Cuando entran estas langostas espirituales nadie los detiene en sus maldades.
Los campesinos conocen perfectamente el carácter de estas criaturas, por eso no se atreven a enfrentarlos, prefieren estar de su lado tratándolos con cuidado.
Cuando el labrador permanece por bastante tiempo en el monte, se prepara de antemano para recibir a estos pequeños duendecillos. Les llevan cigarros porque sabe que son fumadores y  antes de acostarse a dormir deja en los rincones y en el suelo  cigarrillos para evitar que le molesten sus sueños. Cuando amanece, aunque usted no lo crea, aparecen desparramados por todos lados del jacal los cabos de cigarros; esta acción habrá sido  una prueba evidente de que los geniecillos estuvieron ahí.  El campesino, que ya no existen,  sonreirá de satisfacción porque sabe que no será molestado durante el tiempo en que dure su estancia en el campo…, desde luego, mientras no se le acabe el tabaco.
Así pues mi estimado lector, esas fueron las características físicas y morales de los aluxitos y con base en ellas te voy a contar la seductora historia de un caso muy comentado  en mi época en donde un niño fue robado por estos incorregibles chockys americanos.
Cuando viene a mi mente estos recuerdos de mi  niñez se me enchina todo el pellejo, que ahora tengo más de la cuenta,  debido a la agitación que ocasionó este evento en un pueblo muy cerquita  de aquí en donde todos se conocían; un pueblo  lleno de supersticiones y de duda a los saberes de la ciencia. La gente prefería  seguir viviendo con las creencias de sus antepasados de que todo aquello que no se puede explicar tiene mejor respuesta en lo increíble y eso les gustaba para seguir caminando en este mundo de encantamiento y de ilusiones.
¿Ya estás listo? Entonces, acomódate en tu banquillo, silla de paleta o el mismo suelo y disfruta esta  historia.
Sin que sus padres se dieran cuenta aquel niño salió  de la casa  y se fue al monte a leñar porque ese día su padre enfermó y no había dinero para comprar alimentos. Nunca había ido solo, siempre iba en compañía de su papá, pero en esta ocasión prefirió bastarse asimismo, pues ya se consideraba un hombrecito hecho y derecho. Fue un viaje sin regreso, pues se  perdió en la espesura del monte del mayab.
Amigos, padres y parientes se dieron a la tarea de buscarlo, pero no encontraron la menor pista de su presencia, no obstante, que entre los que apoyaban en la búsqueda había excelentes exploradores que conocían al dedillo todos los rincones del bosque. Pero el niño se había desvanecido por completo, parecía que se lo habían llevado los marcianos sí es que existen como lo sugiere Ray Bradbury en Crónicas marcianas.
Hubo llantos a mares, desmayos, regaños a sí mismos, desesperanza, letanías de recriminaciones entre todos y una que otras locuras de parte de los familiares. Se recurrió a los adivina suertes, a todo tipo de hechizos, barajas, sastunes que les permitieran conjurar la desventura, a las gitanas que leían la mano, pero todo fue en vano. “Blas”, que así se llamaba el mozalbete, no se asomaba por ningún lado. Como era natural los padres no se dieron  por vencido y menos se resignaban a perder al hijo amado, el primogénito y único hijo. Así que la pérdida  de aquel niño era una verdadera tragedia para la familia de “Blas” que estuvo ausente durante cinco meses, sí cinco meses…Cuando recuerdo aquel triste episodio de pueblo, me remito a la historia  de lo que habrá sufrido Abraham (narrado en Génesis de la biblia) cuando su Dios para ponerlo a prueba acerca de su amor hacia él le ordenó sacrificar en hecatombe a su único hijo, Isaac, que les llegó cuando ya eran demasiados viejos él y su mujer.
En el aniversario de su desaparición ya se le consideraba muerto. La familia  dispuso en su honor una serie de rosarios fúnebres para recordarlo. Mientras más entretenidos estaban se apareció intempestivamente “Blas” como si hubiera brotado del aire, como sí hubiera salido a dar un simple paseo de pocas horas. Así  lo demostraba en sus gestos y actos. Venía contento y su semblante todo coloreado por el calor del sol y  la buena vida. Llegaba el hombrecito convertido a semejanza de un cochinito cebado. Conversaba con claridad y de corrido que no era su estilo,  y con una sabiduría de hombre grande. Tal parece que se le había adelantado la edad.
Después de la alegría causada por su milagrosa presencia se le amontonaron cientos de preguntas que el niño no atinaba a responder. Era la casa una torre de Babel en donde nadie se entendía. Se le tuvo que llamar la atención a los asistentes para que callaran y preguntaran en orden para que el resucitado les contara a cada metiche  sus interrogaciones.
“Cuando me di cuenta — comenzó a narrar — que me había perdido me ganó la desesperación y me puse a llorar. Quise calmarme poniendo en orden mis sentidos, pero no pude. Perdí por completo la orientación por eso no supe regresar a casa. No sé cuánto tiempo haya transcurrido. Cuando más angustiado estaba aparecieron frente mí no sé de dónde unos niñitos desnudos que me consolaron y me invitaron a jugar en sus casas para distraerme. En un principio me resistí pues nunca los había visto, pero era tanta su insistencia y simpatía que  me convencieron para acompañarlos a su ciudad.
Era una tierra llena de preciosas pirámides con escaleras por algunos lados que no dudé en subirlas, ahí arriba pude ver repartidas en la lejanía casas con techos de huano; bajé y me llevaron a ver donde se abastecían de agua y vi  un tremendo hoyo y en el fondo, un cenote de aguas verdes y en la orilla un grupo de viejos con el pelo largo, sucio y seca de sangre que se preparaban para aventar al foso a una joven hermosa de huipil blanco y llena de collares de concha de jade y oro. Me asusté y me contentaron al explicarme que era una costumbre religiosa para pedirles a sus dioses la gracia de mejores dones para que la tierra no dejara de producir el alimento maya que es el maíz. Luego me invitaron a jugar en un campo de pelota, pero no como el que conocemos. Era un campo rectangular en cuyos  extremos se habían instalados en las paredes unos aros de piedra caliza en donde se debían meter una pelota maciza parecida al hule, pero sin usar las manos, sino con las caderas, los muslos, los antebrazos o cualquier parte del cuerpo. Se protegían las partes más delicadas con forros especiales  repletas de algodón para amortiguar los golpes de la pelota. Por la noche con la ayuda de una antorcha continuamos con el paseo y me llevaron hasta un edificio construido sobre  un cerro. Entramos y subimos la escalera de caracol hasta donde estaban unos viejecitos de escasas barbas que manejaban un aparato de madera semejante a una araña que movían por todos lados en dirección al cielo. Me explicaron que con ese instrumento los sabios podrían pronosticar los tiempos exactos de la venida de las lluvias para el cultivo de sus plantas. Luego nos fuimos a dormir en casa de las Viejas que así le llamaban a un  edificio que le construyó un rey enano a su madre en recompensa por haberle ayudado a derrotar  a otro soberano que no quería dejar el trono, pero que fue vencido en una serie de apuestas.
Al otro día vi a unos señores de calzones que labraban en piedras largas fijadas en el suelo unos símbolos que no pude entender. Los aluxitos me explicaron que escribían los hechos más importantes de sus gobernantes para darlos a conocer en el  futuro de la humanidad.
De tanto ver cosas inexplicable para mí, creo que se me nubló el entendimiento que hasta olvidé por completo  el problema en que había caído. El tiempo pasó sin darme cuenta, no sé cuánto haya sido, pues en ese lugar los días son horas, las horas, minutos, y los minutos, nada. Por eso me causa mucha extrañeza su sufrimiento pues —sí no me equivoco—  estuve fuera de casa unas pocas  horas.
     ¡Eso crees tú recabrón! ¡Han pasado cinco…cinco meses  que nos hiciste sufrir— le interrumpieron en coro todos los presentes y continuó:
—Jugué y paseé mucho hasta que me fastidié y cuando lo notaron mis amigos intentaron variarme  la diversión. Les manifesté que no era esa la causa sino que quería regresar a mi casa y no se negaron, pues creo que también ya los había cansado. Antes de despedirnos me prometieron, si yo lo deseaba, que podrían regresar por mí para enseñarme el avance  de la ciencia y la cultura de su pueblo o algún oficio que me permitiera vivir desahogadamente para ayudar a mis papás. De la misma manrera me aseguraron que me podrían convertir en un excelente hierbatero para curar toda clase de enfermedades misteriosas o me obsequiarían  el secreto de la eterna juventud o la valentía y el arte para ser un gran torero de cartel, no del montón. En fin, se comprometieron a muchas cosas, luego me encaminaron directo hasta la puerta de la casa nada más que ustedes no los pudieron ver, sólo los niños como yo, así son ellos. Fue de esta forma como pude sobrevivir, si debo decirlo así, y regresar en tan corto tiempo contento y lleno de salud gracias a la ayuda de esos buenos liliputienses”.
El público presente se sumió en un profundo silencio ni el zumbido de moscas se escuchaba; la historia fantástica le había mordido el alma de la incredulidad.
Más de pronto se rompió el éxtasis cuando una niña gritó de repente:
     ¡Miren! ¡Miren! ¡Ahí están! ¡Ahí están los aluxitos! ¡Nos están oyendo! Todos siguieron la dirección del dedo de la niña, pero no vieron nada, sólo nada en donde no hay, nada…
Se fueron retirando aturdidos por la historia contada y en cadena la esparcieron en todo el municipio.
A los padres  no les quedó más remedio que celebrar en su solar el rito sagrado de los aluxes, pues en realidad se olvidaron de su cumplimiento en ese año y las consecuencias fue el rapto de Blas.
Así pues, mi estimado lector, estas creencias, de por sí emocionantes ya se están olvidando o mejor dicho ya no se platican en el presente siglo; a veces ni los abuelos se preocupan por conservar la llama del imaginario infantil, ni tampoco la fomentan, ya sea por desgano o por la falta de interés de los nietos, provocado por el enemigo número uno que es la televisión que enajena la voluntad de los chiquillos. Es una lástima ya que nuestra tierra es rica en tradiciones que no se podrán conservar, y que conforman nuestra identidad local, estatal y nacional; ya pasado el tiempo no quedará rastro de nada, y para nuestra desgracia heredaremos en su lugar una serie de prácticas importadas y con olor a basura podrida.
Yo, sin embargo, sigo creyendo y  fomentando, siempre, entre la gente que estimo todas aquellas historias obsequiadas por los abuelos las cuales me trasladan a otros mundos y me recuerdan mi niñez.
Yo sí creo en los aluxes, ¿y tú, mi amigo lector?

Esta otra historia es corta, pero te va  gustar.
En mi infancia tenía un amigo llamado Luis Aké que juntos practicábamos el beisbol en el barrio nuestro. Por motivos de estudio me alejé de él y no regresé hasta que no obtuve la carrera que me da para vivir: la carrera de maestro.
Ya pasados los años, un día se presenta ante mí el padre de Luis que me ofrecía en venta  su casa. Le aclaré que por ser nuevo en el oficio no ganaba lo suficiente para comprársela y me dio la solución:
     No se preocupe “Profe” veo que tiene una bicicleta y una televisión, se las cambio por mi casa, ¿qué le parece?
No lo pensé dos veces y acepté. Pero antes quise saber los motivos de aquella decisión, pues la casa tenía mucho más valor económico y me contestó:
     Se lo voy a decir, pero no vale arrepentirse del trato que hicimos, ¿de acuerdo?
     De acuerdo — y prosiguió.
     Como se habrá dado cuenta ya mi hijo varón Luis ya no vive. Se lo llevaron los aluxes.
     ¿Los aluxes? ¿Cómo está eso? ¡Cuénteme!
     Pues verá profesor, cada año le ofrecíamos un janlikol al terreno que ya habitaban los aluxitos, pero fallamos una vez y ya ve que nos pasó se nos murió Luis. Por más que luchamos para salvarlo, llevándolo muchas veces con el doctor, pero no sanó. Cuando nos acordamos que era obra de los dueños de la tierra ya no hubo remedio.
Por eso es que decidimos vender la casa, los recuerdos nos matan y no quisimos sufrir de lo mismo con los hijos más chicos. Esa es la razón de la venta de mi terreno; una lágrima furtiva saltó de sus cansados ojos que limpió con el dorso de la mano, con la única mano que tenía; la otra, la perdió reventando voladores en un gremio.
Cuando ocupamos la casa seguimos con los consejos del viejo vendedor y le ofrecíamos a los aluxes  abundantes comidas y bebidas, pero un año fallamos y esperábamos el castigo a nuestro descuido, pero no pasó nada, los aluxitos se habían cambiado de casa. Lo supe cuando el vecino me conversó que sus niños veían seguido a unos niños que los invitaban a jugar. Así que mi pobre vecino ya sabía del compromiso contraído y qué debía hacer para que sus hijos no se enfermaran…

Y aún hay más historias de…
A mi nieta Jade le cayó una enfermedad que la puso al borde de la muerte. Se le presentaba exactamente al mediodía una temperatura fuera de lo normal en la planta de los pies y las palmas de las manos y una diarrea intermitente. Había sido tratada por pediatras de la ciudad de Mérida  y ninguno  pudo sanarla. La abuela creyente en enfermedades misteriosas de este tipo aseguró que no era trabajo de doctores, sino de yerbateros. La sugerencia no cayó en saco roto y se acudió con un hechicero  en la ciudad de Hecelchakán, quien le devolvió la salud íntegramente con sus brebajes y las famosas limpias de ruda en golpeteos   por todo el cuerpo de la niña para combatir a los duendecillos. Mi niña sanó.
Después la mamá, atando cabos se dio cuenta que cuando la niña salía a jugar en el patio de la casa se ponía a conversar consigo misma, pero como es la costumbre de los niños no le dio importancia.
Pero a veces se dirigía a ella y le decía:
     Mamá bebé, bebe´…
     Sí hija, bebé le contestaba sólo por decir algo.
La verdad, era que la niña en realidad sí veía a esos aluxitos y vivían junto a ella.
En el patio del vecino había unos cuyos.

Andrés Jesús González Kantún
Calkiní, Campeche, 11 de febrero de 2011.




CRÓNICA ANUNCIADA DE LA MUERTE DE MI PRÓSTATA.


CRÓNICA ANUNCIADA DE LA MUERTE DE MI PRÓSTATA.

Después de haberlo pensado mucho tiempo, al fin me decidí a la extirpación de una glándula, luchadora enmascarada, que día a día con sus tensos brazos comprimía más y más  a mi cansada  uretra, conductora del orín.
 A mil recursos  había recurrido: a brebajes infalibles según los médicos empíricos, la charlatanería demagógica  de los medios de comunicación, medicinas de primer nivel autorizado por médicos especialistas, pero nadie le logró aflojar las tuercas que iban cerrando más. Se empecinaba en molestarme al no permitirme evacuar de un solo tirón mis fluidos orinales de tal modo que me impedía disfrutar de los viajes largos para distraer a los sentidos, hasta que decidí aniquilarla con una cirugía, la única solución. Se me había detectado entre los tres tipos de enfermedades prostáticos el nominado, Hiperplasia prostática benigna. Quedé bajo  las alas protectoras del urólogo, Eliseo Uriel Colín García.
21 y 22 de julio de 2011
Después de un desayuno frugal me fui a la terminal a tomar el autobús directo a que me llevase a la ciudad de Mérida sin la empalagosa compañía de nadie porque en estos casos no me gustan que se conduelan de mí ante una enfermedad evidente como la mía. Hubiera deseado estar sólo hasta el final, pero no fue posible pues giran en mi alrededor como lucecitas ante el resplandor de una bombillas eléctrica mil almas que me aprecian y me aman y que nunca  dejarán de revolotear junto a mí mientras viva.
No pude conseguir boleto en ventanilla y me tuve que conformar con el que conseguí con el vendedor ambulante con la creencia de haber asegurado un asiento en el camión.
Se sentó a mi lado una compañera jubilada y con la confianza que me da el haber sido de la misma generación de estudios me puse a platicar  amenamente con ella.
— ¿Cómo sigue de salud tu marido, Librada? Me cuentan que lo operaron de un pie.
—No fue de un pie, sino de los dedos, pero esa operación ya pasó a la historia, hoy es otra enfermedad y creo que peor, según las observaciones de los médicos.
—A ver cuéntame.
Tomó aliento, se recompuso el vestido hasta las rodillas y se acomodó en la butaca de asentaderas blandas.
—Padece desde hace tiempo de diabetes, pero no se cuida. Se ha metido en la política que trae mil problemas y que descomponen el equilibrio mental que en su caso no le beneficia. Desde hace muchos años tiene un cargo en la profeca en donde no le faltan los problemas, pues ese es el servicio que se ofrece: resolver dificultades. Ahí se quejó  un inconforme sobre el pago  excesivo de un servicio que no aceptó de ninguna manera. El funcionario le explicó los trámites que había realizado, pero no fue del agrado del demandante y se trenzaron en una guerra verbal. Las consecuencias fueron terribles, se le subió el azúcar excesivamente, se le nubló la vista y se le empezó a engarruñar el cuerpo y el rostro de manera que fuimos a parar hasta la Clínica Mérida y quién sabe como vayamos a terminar.
 Entre sus manos traía el periódico Tribuna, mercenario de los enquistados en el poder que pagan para no ser golpeados en su administración pública, que le había solicitado el enfermo para no interrumpir sus sueños de grandeza política.
De repente se asoma el camión y me invita a tomarlo de prisa.
Como traía un boleto comprado, desde temprana hora,  creí que no era necesario tanto apuro así que esperé al último como es mi costumbre. Luego me iba a arrepentir pues formé parte de un grupo de viajeros que se tuvieron que conformar con el viaje estando de  pie. En el grupo iba un padre joven con un hijo como de cuatro años que se agachaba o sentaba en el piso para disminuir el sufrimiento mientras el papá lo sostenía con las entrepiernas.
El viaje no duró tanto tiempo y llegamos a la blanca ciudad. Tomé un urbano y decidí visitar la librería Dante para conseguir un libro que me entretuviera mientras llegara el momento de mi sacrificio. Un libro que pertenecía al género de novela Histórica: Furia azteca que en una de sus acciones describe el uso de una herramienta rudimentaria para el desbloqueo de la uretra a un enfermo español que se retorcía de dolor;  pero era acción en carne viva pues aún no se soñaba con el advenimiento de la anestesia; era una verdadera coincidencia con mi caso.
La espera para mi ingreso a la clínica  fue muy breve. Me atendieron bien y con prontitud, así como a mí me gusta. Me invitaron a firmar cuatro documentos de consentimiento y autorización quirúrgica. Los leí ávidamente  y me di cuenta de la enorme responsabilidad que conlleva a los actores en un evento de esta índole de por sí peligroso.
Puedo asegurar que, desde algún tiempo, ya me había mentalizado positivamente con el apoyo de amigos y pacientes casuales encontrados en el consultorio que me comentaban que era una operación sencilla y no aparatosa como cuentan los Pinochos. De modo que me encontraba en un estado anímico muy tranquilo y fortalecido como si fuera a una excursión en el bajío que es mi tierra favorita para pasear.
Una enfermera muy atenciosa  de piel dorada y cara risueña, me invitó a vestirme  con un traje muy mono: una bata de color azul rey con una abertura detrás y dos cintas para amarrarla, me dijo que me desvistiera por completo, pero el pudor ante una dama me ganó y sólo  me quedé  con la ropa interior. Me pinchó la mano izquierda, buscándome la vena para introducirme a través de un tubo un líquido que no supe para qué servía. Luego que salió me animé a quitarme la ropa interior.
Más tarde cuando ya se acercaba el momento cero, entró una enfermera chaparrita  y morena que   me encapuchó ambos pies y me puso un gorro en la cabeza cuajándose de azul todo mi vestuario, me imagino que eran medidas preventivas  para evitar alguna infección en el momento de la cirugía. Parecía un muñeco de caricatura que tanto gusta a los niños.
A las 16:00 fui llamado al cadalso para lo que siempre  había temido.
—Ha llegado la hora Andrés, ¿estás listo?— me preguntó el especialista.
—Ya estoy listo.
— ¿Y tu familia?
—Viene más tarde.
Sólo me había visitado, en tres ocasiones, mi hijo Omar ya que vivía en la ciudad. Las demás ya se habían organizado en Calkiní para atender la casa, la tienda y asistir a un evento de premiación en la ciudad de Campeche. Aunque reitero me hubiera gustado estar solo en la operación, me considero un lobo solitario cuando estoy envuelto en mis preocupaciones e incertidumbres.
—De esta manera no podemos proceder, las reglas estipulan que en el momento del viaje a la sala de operaciones debe estar presente una persona junto al paciente no importa que no sea algún familiar así que es mejor esperar, mientras tanto trabajaremos con el siguiente paciente— sentenció el médico y cerró la puerta y se fue con una sonrisa abierta que es una de sus cualidades innatas.
               No me preocupé en lo absoluto, sólo se estaba retardando mi aparente suplicio. No tardó el galeno y me trajo  en una canasta de fibras sintéticas estas palabras:
—Andrés, vamos no esperaremos a nadie.
Nunca supe lo que había sucedido con el otro enfermo para que hayan regresado por mí.
               Me subieron en un trenecito en posición supina (boca arriba) y arrancó la maquinita. En el momento de mi partida se asomó una de mis hijas, Guadalupe y la vivaracha de mi nieta Camila la de los dos ojos enormes como soles enternecidos por el sol del verano del mayab  y mirada de resistol (cuando fija la mirada en uno no la quiere despegar) en compañía de mi yerno Ulises. Mi esposa se retrasó en la compra de no sé qué cosa y no vio el momento de mi fuga.
               Recorrí un largo espacio, atravesé una puerta de vidrios transparentes que fue cerrada detrás de mí  para evitar intromisiones indiscretas y perjudiciales, y enfrente de unas escaleras se abrió la cámara del  sentenciado a muerte presentada en una obra de un solo acto: la extirpación de mi próstata. ¡Sí señor!
               Entré a la cámara de los juzgados y me subieron en una camilla plana forrada de piel sintética de color negro lúgubre, mientras los otros actores se afanaban en preparar el escenario y los instrumentos básicos para la operación. Uno de ellos  apellidado Chan con un cubre boca se le veía muy activo. Me levantó las piernas en una posición más alta que el plano en que estaba acostado y las acomodó en sendos estribos. Luego el anestesiólogo me instruyó sobre la posición en que debía acomodarme y me enrollé como si fuera un hombre de goma formando un círculo perfecto, es decir en posición fetal. Luego vino el acto crucial del matador de hombres, (el anestesista) clavar la jeringa para inocular una sustancia que paraliza medio cuerpo, de la cintura para abajo. Después de varios intentos se vació el líquido entumeciéndome  las extremidades inferiores. Ya se había completado el bloqueo espinal. Sentí que mis muslos y piernas se convertían en una autopista congestionada de estrellas eléctricas que brincaban alegres y enfiladas que recorrían los cuatro carriles de mi carne muerta y que en un silbatazo de un agente de tránsito todos se detuvieron en un santiamén. En vano intenté mover las piernas, era imposible estaban completamente dormidas en un sueño eterno de esperanzas gracias a la genialidad de la medicina para operar sin dolor, no como aquel pobre personaje de la novela.
—Doctor, quise presumir de sabiduría, mi cerebro ya entumeció mis extremidades.
—No, señor, el mandón es la columna vertebral, no el cerebro, por eso cuando alguna persona, por accidente, se le quiebra la columna queda inválido de por vida.
Eso me pasa por jactancia, pensé dentro de mí.
El ambiente era familiar, chanceaban de sus cosas de trabajo, de alguna guapa muchacha tabasqueña de cautivantes formas que quiso pedir prestado una escalera a uno del equipo y que no pudo negarse porque estaba a la vista. La radio sonaba y sonaba ante la indiferencia de los presentes mientras  yo, la verdad, disfrutaba el momento. El miedo ya se me había ido a pasear a China, desde un principio, gracias a la luz dorada que da la energía positiva.
Se abre la puerta y entra el cirujano.
— ¿Ya está listo todo?— preguntó
Asintieron de buen modo. Y comienza la jerigonza que apenas pude ver, pero intuí de qué se trataba, pues había leído algo acerca de esa operación.
Una canción de Roberto Carlos marcó el silbatazo de inicio de la operación.
Se le llama a esa cirugía resección transuretral (RTUP). El cirujano introdujo en el canal de mi garrancha un instrumento delgado llamado resectoscopio, empleando un instrumento de cabeza  cortante para rayar el exceso de tejido prostático, después fue cauterizada la parte trabajada, por eso percibí olor a carne quemada. Antes de concluir el trabajo, el galeno instaló dentro de mi uretra un tubo de plástico que por su grosor, sí no estuviera anestesiado mis aullidos hubieran llegado hasta Plutón.
—Listo don Andrés, ya eres un bombero profesional— me dijo el médico, sonriendo.
 Luego salió y fue al encuentro de mis hijos (algunos) que esperaban muy atento y les dijo:
—En este frasco transparente se encuentra parte de su padre, llévenla al laboratorio para analizar. A  simple vista no aparenta nada maligno, pero para mayor seguridad hay que hacerle la biopsia, no se pierde nada.
Mientras  adentro el resto del equipo del doctor, me levantaron y me traspasaron en el trenecito y me devolvieron al cuarto número dos.
Una chaparrita morena preparó el escenario para mi recuperación. En uno de los tubos de varias salidas  fue conectado otro, para drenar las vías urinarias por medio de agua mezclada, quizá, de alguna solución para restaurar pronto mi herida prostática.  Fueron diez botellas que circularon en mí durante toda la noche y parte de la mañana. Fue una noche en duermevela tormentosa pues debía mantenerme completamente inerte para no lastimar nada de mis partes. La huella de mi silueta quedó marcada en la cama. Me sirvieron mi primera comida consistente en un yogur, una gelatina y un flan, eso fue todo. Me volví a acostar y me arropé en mis pensamientos que fluían por todos lados. Y una idea saltó de repente que me había obsesionado desde antes,  pensando en los futuros resultados positivos o negativos de la operación que la convertí en pregunta en una de mis consultas con el doctor Eliseo:
—Después de la operación, ¿perderé mis facultades para mi actividad sexual, doctor?
—Claro que no, quedarás mejor que antes, lo demás es un mito sin sustento.
Campanas jubilosas repiquetearon sonoramente en mi corazón enternecido por la respuesta plena de esperanza para continuar en los más bellos y emotivos actos del amor secular.
 Me calmé y esa noche  pude conciliar, en parte,  el sueño.
A la mañana siguiente me di un baño para estar listo para la despedida y el ineludible estorbo de arrastrar a cuestas la maldita cola de plástico, aunque para disimular mi condición de enfermo la encerré en una bolsa roja de plástico (Andrea), pero en casa la traía siempre en una mano y fueron cinco días de martirio en andar con esa cola de plástico que me insertaron por donde fluían  restos de sangre o pequeños coágulos mezclados con el orín que se paseaban y se acomodaban en una bolsa de plástico de Foley.
Al fin, llegó  Fina por mí y nos  regresamos a Calkiní. La sonda se me quitará el miércoles 27 y asimismo conoceré el resultado de la biopsia. No creo en la fatalidad,  y reitero,  poseo una energía positiva encerrada en un aura de luz dorada que ilumina mi camino para seguir adelante por la vida sin tropiezos, sin vacilaciones ni miedos. Así sea.
A las 11:00 del 27 de julio me fue extraído el catéter sin complicaciones. La enfermera me pidió que tomara un litro de agua y cuando sintiera ganas de orinar le hablara.
Después de un rato le comuniqué que ya era tiempo, la sensación de drenar mis líquidos me estaba ganando.
—Entre al baño y bájese el short hasta los tobillos y péguese al inodoro—me aconsejó—, no tenga miedo si sangra es normal.
Antes me habían platicado que la extracción del catéter se hacía de un tirón y para evitar resistencia del paciente, la enfermera lo distraía a uno con palabras melosas  y zas… afuera.
De modo que estaba muy atento a las acciones y no sucedió como me habían contado.
Desconectó la manguera que surtía a la bolsa receptora de orín y a través del orificio ya destapado,  con una jeringa, sin la aguja, absorbió en dos ocasiones el agua acumulada en mis adentros como una técnica para desaguarlo y contrarrestar alguna adherencia a la hora de halar el tubo de plástico.
Luego con una pericia extraordinaria fue extrayendo poco a poco, sin dificultad ni dolor parte del tubo introducido en mis partes. Y salió la culebra de cascabel con dos narices en la cabeza que  medía como una cuarta y dos dedos. Un ofidio de cascabel que mientras estaba dentro de mí, que en algún  movimiento brusco e inconsciente  me mordía arteramente mis partes llagadas, provocándome un dolor intenso que me hacía ver a mi tatarabuela y a unos  demonios del infierno enfilados en un llano que se burlaban  de mi dolor.
 Inmediatamente vino el vaciado de mi vejiga como si fuera un torrente de luz y agua ambarina, aflorando en mi rostro una enorme satisfacción de libertad y alegría, arrastrando en su camino un poco de sangre y algunas pizcas de coágulos.
—Ya está listo para una nueva vida, don—así me llamaban.
 La biopsia no dio resultados malignos.  La vida sigue su camino y la he valorado significativamente en toda su esencia y justa medida y que sólo la pueden percibir los poetas y  las personas que han enfermado y recuperado la salud. La vida para mí es ahora diferente inconmensurable y  bella, ¿hasta cuándo me fui a dar cuenta?